«Un jardín que se vive»
Cuando empezamos este proyecto nos permitimos conocer a Marcelo y Nieves en profundidad. Conocer sus orígenes donde vivieron y sus recuerdos. Entendimos que este jardín tenía que ser mucho más que algo placentero: tenía que funcionar para una familia en movimiento constante. Con cuatro varones y un barrio privado lleno de amigos que van y vienen, el desafío era claro: crear un espacio que acompañe el ritmo de su día a día, y también que regale momentos de calma.
El fondo del jardín, que tenía un desnivel importante, se transformó en una entrada alternativa gracias a una rampa generada por polines de madera. Esta solución no solo resuelve lo técnico, sino que genera un recorrido con mucho carácter. Dividimos el jardín en sectores bien definidos, espacio de lectura, fogón, living, cama elástica, hamacas, cancha de futbol y huerta.
Hay dos árboles que son protagonistas indiscutidos: el Liquidámbar con su espectacular otoñada, y el Jacarandá, que explota en color y sombra en primavera. A ellos se suman dos frutales, un duraznero y un ciruelo de jardín, que además de dar frutos, aportan belleza.
La entrada principal también merecía su magia. Por eso la diseñamos como un camino sinuoso, que se va revelando de a poco. Donde el círculo figura reiterada en el jardín enmarca un cantero que abraza con plantas esa caminería hacia la puerta principal.
Este no es solo un jardín diseñado por nosotros: es un jardín vivido, pensado con y para la familia. Es un espacio que va a ir creciendo con ellos, cambiando, adaptándose. Un jardín para jugar, para compartir, para descansar… y sobre todo, para disfrutarlo todos los días del año.